Nunca sé qué decir cuando oro. ¿Qué hago?

Di una frase verdadera y detente. Esa es la respuesta, y todo lo de abajo solo la sostiene. Nadie espera un discurso de ti; se espera que digas algo que de verdad sientes. Si la única frase verdadera que tienes esta mañana es "Señor, no sé qué decir", esa es tu oración, y es real.

Por qué se acaban las palabras

La mayoría de quienes dicen que no saben orar sí pueden orar unos quince segundos, y después chocan con un muro. El muro casi nunca es duda. Es la sospecha de que existe un registro correcto — un vocabulario especial, cierto tipo de frase — y de que hablar normal no cuenta.

Jesús lo trata de frente, y la corrección es directa: no amontones palabras, porque tu Padre ya sabe lo que necesitas. Eso corta por los dos lados. Quita la presión de quedar bien y quita también la idea de que una oración larga es mejor.

Así que el muro con el que chocas no es el final de tu oración. Es el final de la actuación. Lo que viene después es la parte que cuenta.

Cuando oren, no usen palabrerías incoherentes como hacen los gentiles, que piensan que serán escuchados por todas las palabras que repiten. No sean como ellos, porque su Padre sabe lo que ustedes necesitan incluso antes de que ustedes se lo pidan.

Mateo 6:7-8, VBL

Empieza por la primera frase verdadera

La pregunta más útil en la mañana no es "¿por qué debería orar?", sino "¿qué es verdad ahora mismo?". Estoy cansado. Tengo miedo del jueves. Estoy enojado con mi hermano. Estoy bien y no siento nada. Di eso.

Los Salmos están llenos justamente de ese movimiento — alguien empieza contándole a Dios la situación, en voz alta, con el reclamo incluido. El salmista vacía su queja antes de pedir nada, y el libro conservó esa oración tal cual.

Cuando sale la primera frase verdadera, la segunda suele llegar sola. Y si no llega, ya oraste.

Clamo al Señor por ayuda, y le ruego por su misericordia. A él expongo mis quejas y le cuento mis problemas.

Salmo 142:1-2, VBL

Toma prestada una forma cuando se te acabe la tuya

Una página en blanco es más difícil que un formulario. La oración que Jesús dio a sus discípulos se usa como esqueleto desde hace siglos: dices una línea, te detienes, metes ahí tu mañana y recién entonces sigues.

En la práctica eso te da cinco o seis pies en vez de un silencio intimidante. Con quién hablas. Las necesidades de hoy. Lo que hiciste mal. A quién necesitas perdonar. Lo que ya sabes que te va a jalar antes del mediodía.

Dila despacio y haz una pausa después de cada línea. Una oración con pausas dura más que una sin ellas, y no tuviste que inventar ni una palabra.

Así que oren de esta manera: “Nuestro Padre celestial, que tu nombre sean honrado. Venga tu reino. Que tu voluntad sea hecha en la tierra como se hace en el cielo. Por favor, danos hoy el alimento que necesitamos. Perdona nuestros pecados, así como nosotros hemos perdonado a quienes han pecado contra nosotros. No dejes que seamos tentados a hacer el mal, y sálvanos del Maligno.

Mateo 6:9-13, VBL

O toma prestadas las palabras de otro, completas

No hay ninguna exigencia de originalidad. Leer un salmo en voz alta y dejar que sea tu voz es una de las maneras más antiguas de orar, y funciona muy bien en las mañanas en que nada tuyo quiere salir.

Elige uno que empiece donde tú estás. Si estás en el fondo de algo, empieza por el fondo — hay un salmo que abre exactamente ahí y no finge lo contrario.

Léelo despacio, cambia los pronombres si ayuda, y detente cuando una línea se vuelva tuya.

Señor, clamo a ti desde lo más profundo de mi dolor.

Salmo 130:1, VBL

No saber orar es el punto de partida normal

Los discípulos pasaban los días con Jesús y aun así pidieron que les enseñara a orar. No lo pidieron por ser poco espirituales. Lo pidieron porque orar se aprende, como cualquier otra manera de hablar, y nadie nace con fluidez.

Eso debería quitarte un peso. Si te sientes principiante, estás en la misma posición que los primeros seguidores, y la petición que ellos hicieron está disponible para ti palabra por palabra.

Pide que te enseñen y sigue practicando mal. Mal es como empieza todo el mundo.

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar. Y cuando terminó de orar, uno de sus discípulos le pidió: “Señor, por favor enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”.

Lucas 11:1, VBL

Cuando no hay ninguna palabra

Habrá mañanas en que no tengas nada. Ni una frase, ni un salmo, ni energía para buscar uno. Romanos describe al Espíritu ayudando justo en ese lugar — donde no sabemos qué pedir, y lo que sale no es lenguaje.

Puedes quedarte un minuto sentado con lo que duele y llamar oración a ese minuto. Puedes decir un nombre. Puedes respirar. Nada de eso es una versión menor de orar.

Y si la falta de palabras dura semanas, junto con no dormir, no comer o no querer seguir aquí, trátalo como lo que es y habla con un médico o con un profesional de salud mental. Nada en esta página es consejo médico, psicológico ni pastoral, y un devocional no reemplaza la ayuda real.

De la misma manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Nosotros no sabemos cómo hablar con Dios, pero el Espíritu mismo intercede con nosotros y por nosotros mediante gemidos que las palabras no pueden expresar.

Romanos 8:26, VBL

Mañana en la mañana: una frase verdadera, en voz alta, y sigue con el día. Esa es la respuesta completa. No se vuelve más avanzada con el tiempo — solo se vuelve más familiar.

Texto bíblico de la Versión Biblia Libre. Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0

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